
En la época de Jesús, el alumbrado de las casas se hacía a base de grasas. Si la llama se apagaba soplando, la casa se llenaba de un hedor irrespirable. Para evitarlo se apagaba colocando sobre la lámpara un celemín u otro recipiente para que, al faltarle a la llama el oxígeno, se apagase lentamente, sin producir tufo. Es decir, el celemín servía para apagar la vela sin producir efectos nocivos. Si tenemos en cuenta que las casas de los pobres constaban de una sola habitación, el símil de la vela adquiere su pleno valor. En este caso, El cristiano tiene que iluminar "a todos los de casa", a toda la humanidad: "Sois luz del mundo", ha dicho Jesús.
Nuestro espíritu o nuestra actitud es nuestra lámpara que Dios quiere que alumbre en un candelero para que alumbre el área del mundo alrededor de nosotros.
Fuente:
http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/T-O/05A/HO-1.htm
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